28 de abril de 2015

Ni son todos los que están…



En las Cabezadas. Tal como popularmente las conocemos, y tienen lugar en estos tiempos que vivimos, los políticos doblan sus cuerpos, algunos en exagerada y gestual postura, ante el Cabildo Isidoriano que les despide. ¿Son ellos mismos o es el pueblo al que representan, el que doblando la cerviz ha de someterse a sus designios?  ¡Designios políticos, quede claro!   Yo no me veo reflejados en ellos,  ni con ellos; pues creo que hay mucho “corregimiento” con potencia,  y poco pueblo en potencia…o en ausencia; si ésta, cual puro sentimiento de ser leonés, pudiera tomar corporeidad. Si bien debo añadir que soy y seguiré siendo amante de las tradiciones leonesas,


Dicho esto, tengo que apuntar que parte de esto surge  después de la lectura  de la Tribuna” de  Máximo Cayón Waldaliso, Cronista oficial de la ciudad de León, que, por afianzada y documentada,  merece todos mis respetos.

No obstante  queriéndome acoger a lo leído sobre la Hermandad de la Sobarriba, en connotación con lo ocurrido el  año 1158, tengo una versión, puede que con halo de leyenda, pero incardinada en la Hermandad en cuanto a su participación en aquella procesión/rogativa del año citado, y los sucesos acaecidos que han ido conformando una tradición.
  
Nada mejor para mostrar mi parecer que traer aquí, en parte, un escrito mío publicado en La Crónica de León en junio de 1999.  Permitiéndome, para esta ocasión, reordenarlo a retazos. Y  que está recogido de pleno en mi libro “La lenta Agonía de la Identidad Leonesa".

El año 1.158, una gran sequía dio origen a la petición de permiso, por parte del Corregimiento capitalino y de la Hermandad de la Sobarriba,  para sacar en rogativa los restos de San Isidoro;  procesión  originaria  del voto anual oferente de cera, cuando,  allá por Trobajo, el Santo hizo tan pesada su carga que era imposible transportar sus reliquias (una leyenda es bien conocida) y como agradecimiento por la lluvia que salvaría los campos sobarribanos, granero y despensa de la urbe legionense.

Debo decir que, en más de una ocasión, he dado mi opinión, creo que cuidada y cuidadosa, sobre el citado origen  del foro u oferta de cera a San Isidoro; modernamente absorbida por los ediles capitalinos, y que por su gestual actuación de doblar la cerviz y hasta la columna, en algunos casos exagerada e innecesaria, ha ido alcanzando la popularidad necesaria para ser conocida y denominada, precisamente por el pueblo, espectador siempre,  “Cabezadas”.

He dicho que se sitúan en primer término los ediles de cada momento consistorial, y añado que los actuales, probablemente basados en la fuerza de los votos, esto es,  haber sido elegidos por el pueblo, se colocan sobre éste,  considerándose actores únicos ante el Cabildo Isidoriano.

El pueblo que siente su pasado, goza mostrándolo, le gusta exhibirlo, comentarlo y vivirlo,  va  colocando en pedestales retazos de su ser y estar. Así que, en piedra y bronce, sus gentes y sus gestas actuarán de recordatorio perpetuo, y siempre generarán una pregunta en el niño y en el visitante, revitalizando la historia, o la parte de ésta que nos es afín.  Por ello no hay más remedio que venir en reconocer que nuestra orfandad, en el sentido expuesto, hasta hace pocos años  rozaba casi  lo absoluto, en tanto los ajenos nos escribían otra historia.





El 25 de Abril de 1999 se inauguró este monumento a las “Cabezadas”, ubicado en la propia plaza de San Isidoro, obra del escultor asturiano José Luís Fernández.  

Sobre el conjunto haré  una breve reflexión crítica, y una puntualización. 



Personalmente entiendo que soporta, otorgado por su autor, demasiado estatismo “escénico” en los dos personajes,masculinos,un representante del Cabildo que recibe un hachón de cera, y el Edil que lo entrega,  quienes, por parte de un periodista y escritor leonés fueron objeto  de “profundo” análisis y jocosa descripción.  Comparto algo de lo dicho por él, así como algún aspecto de lo contestado al respecto por un político del PP,  del que discrepo fundamentalmente cuando da por completo el grupo escultórico.

Creo que falta un tercer personaje, si es que se pretende dar al monumento fidelidad histórica con del momento inicial del ofrecimiento de la cera prometida.  Falta una persona representante de la Sobarriba, comarca proveedora oficial capitalina de sus modestos pero imprescindibles productos al León de la época.

Podía y debía ser, por lo tanto, ese tercer personaje un agricultor de la  Sobarriba. Por merecimiento propio, y reconocimiento expreso de la realidad aquélla, no debió faltar éste en el monumento, sino es que lo pedido y propuesto al autor no fue otra cosa que recordar exclusivamente a los ediles ante el Cabildo, es decir, significar bilateralmente, lo que sin duda empezó siendo a “tres bandas”, y de cuya muy posterior ruptura partirían las hoy llamadas “Cabezadas”.  Así que para completar el título dado a este escrito, y ausente toda fabulación, he de añadir: “ni están  todos los que son”...  en  el monumento.








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